En Breve (TL;DR)
El temor a que alguien pueda sustraer dinero acercando un datáfono a tu tarjeta está extendido, pero se trata de una eventualidad extremadamente rara gracias a múltiples y robustas medidas de seguridad.
En realidad, las tecnologías contactless y las normativas bancarias ofrecen diferentes niveles de protección que hacen de este escenario una eventualidad extremadamente rara.
Descubramos juntos por qué, a pesar de los temores generalizados, las barreras tecnológicas y la trazabilidad de cada transacción hacen de este escenario específico de robo una eventualidad muy rara y difícil de realizar.
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Imagina que estás en un autobús abarrotado o en una plaza llena de gente. Un pensamiento te cruza la mente: ¿podría un delincuente tener un datáfono portátil y, simplemente acercándolo a tu bolsillo o bolso, robarte dinero de la tarjeta contactless? Esta preocupación, alimentada por noticias esporádicas y el boca a boca, se ha vuelto común en la era de los pagos digitales. En una Italia donde la tradición del efectivo choca y se funde con la innovación de los pagos “tap and go”, es legítimo preguntarse cuán seguras son nuestras tarjetas. La respuesta corta es que este tipo de robo, aunque técnicamente concebible, es en la práctica extremadamente improbable y poco ventajoso para un criminal. Existen múltiples niveles de seguridad, tanto tecnológicos como de procedimiento, que hacen de este escenario más una leyenda urbana que un riesgo concreto.
En este artículo analizaremos en detalle el funcionamiento de la tecnología contactless, las barreras de seguridad integradas y las razones prácticas por las que los delincuentes prefieren otras vías. Descubriremos por qué, a pesar de las apariencias, pagar con tu tarjeta contactless sigue siendo uno de los métodos de transacción más seguros a tu disposición, uniendo la comodidad moderna con la tranquilidad necesaria en la vida cotidiana.

Cómo funciona la tecnología contactless
En la base de los pagos sin contacto está la tecnología NFC (Near Field Communication), una evolución de la más conocida RFID (Radio-Frequency Identification). Esta tecnología permite que dos dispositivos, como tu tarjeta y un terminal TPV, se comuniquen de forma inalámbrica cuando se encuentran a una distancia muy corta, generalmente no superior a 3-4 centímetros. Esta proximidad física representa la primera y fundamental barrera contra accesos no deseados. Un ladrón no podría cobrarte una cantidad a distancia, sino que tendría que estar físicamente pegado a ti, haciendo la operación visible y arriesgada.
Durante la transacción, los datos intercambiados no se transmiten en texto plano. De hecho, se utilizan sistemas de cifrado avanzado que transforman la información sensible en un código ilegible para cualquiera que no posea la clave de descifrado correcta. Además, para cada compra se genera un código único, válido para esa sola operación. Este proceso, conocido como tokenización, asegura que el número real de tu tarjeta nunca se comparta con el comerciante ni se transmita por el aire, haciendo que los datos interceptados sean completamente inútiles para transacciones futuras.
Los límites de gasto como primera barrera de seguridad

Un elemento crucial para la seguridad de los pagos contactless es el límite de gasto para las transacciones que no requieren la introducción del PIN. En Italia, como en gran parte de Europa, este umbral se ha fijado en 50 euros. Esto significa que cualquier intento de robo mediante un datáfono “pirata” no podría superar esta cifra por operación individual. Por tanto, un ladrón tendría que realizar múltiples transacciones para acumular una suma significativa, una acción que aumentaría exponencialmente el riesgo de ser descubierto.
Además, la normativa europea PSD2 ha introducido controles adicionales para garantizar que quien usa la tarjeta sea el propietario legítimo. Después de un cierto número de operaciones consecutivas sin PIN (generalmente cinco) o al alcanzar un importe acumulado (fijado en 150 euros), el sistema solicitará obligatoriamente la introducción del código de seguridad. Estos límites han sido pensados precisamente para minimizar las pérdidas en caso de robo o pérdida de la tarjeta y hacen del “carterismo 2.0” una actividad decididamente poco rentable.
Por qué un ladrón no usaría un datáfono

Más allá de las barreras tecnológicas, hay razones extremadamente prácticas que hacen del robo con datáfono una elección ilógica para un criminal. La principal es la trazabilidad. Obtener un terminal TPV no es como comprar un objeto cualquiera; requiere la firma de un contrato con una entidad bancaria o un proveedor de servicios de pago. Este contrato siempre está vinculado a una identidad precisa y a una cuenta corriente de empresa (cuenta de comercio), en la que se abonarían los fondos robados. Cada transacción individual queda registrada, rastreada y es fácilmente atribuible al titular de la cuenta. Para las fuerzas del orden, dar con el culpable sería, por tanto, una operación relativamente sencilla.
Otro elemento disuasorio es la complejidad y los costes de la operación. Abrir una cuenta de empresa y obtener un datáfono conlleva procedimientos de verificación de identidad y costes de gestión. Es un esfuerzo notable para una actividad criminal de ganancia incierta y limitada a 50 euros por vez. Los ciberdelincuentes, lamentablemente, tienen a su disposición métodos mucho más eficaces y anónimos para sustraer dinero, como el phishing (correos electrónicos o SMS falsos), la clonación de tarjetas mediante skimmers tradicionales o la difusión de malware. Estas técnicas permiten obtener datos sensibles y acceder a sumas mucho más consistentes, con un riesgo de ser descubiertos decididamente inferior.
La tokenización: el corazón de la seguridad digital
Para comprender plenamente la seguridad de los pagos modernos, es esencial detenerse en la tokenización. Imagina entrar en un casino: no juegas con tu dinero, sino con fichas que lo representan. Estas fichas solo tienen valor dentro del casino y no pueden usarse en otro lugar. La tokenización funciona de manera similar: cuando pagas contactless, tu número de tarjeta (PAN) no se envía al datáfono. En su lugar, se genera un “token”, es decir, una secuencia aleatoria de números, válida solo para esa transacción específica.
Este token se transmite de forma cifrada a la red de pago (como Visa o Mastercard), que es la única que puede descifrarlo y vincularlo a tu cuenta real para autorizar el cargo. Incluso si un delincuente lograra interceptar este token, se encontraría con un código inútil, ya que no podría reutilizarse para otras compras. Este mecanismo es la base de la seguridad no solo de las tarjetas físicas, sino también de los monederos digitales como Google Pay y Apple Pay, que añaden un nivel adicional de protección mediante la autenticación biométrica.
Mitos a desmentir y realidad de los hechos
Es hora de abordar directamente las dudas más comunes. El mito principal es el del “ladrón que vacía la cuenta con un datáfono”. La realidad, como hemos visto, es muy diferente. Debido al límite de 50 euros por operación y a los controles acumulativos, vaciar una cuenta es imposible. Además, las transacciones múltiples y cercanas desde un único datáfono hacia la misma tarjeta activarían inmediatamente los sistemas de alarma antifraude de los bancos, que bloquearían tanto la tarjeta como el terminal. Los raros casos en las noticias que mencionan este tipo de estafa suelen ser aislados y estar vinculados a contextos específicos, pero no representan un fenómeno generalizado.
Otro mito es que los datos de la tarjeta son vulnerables durante la transmisión. La realidad es que la combinación de cifrado y tokenización hace que los datos sean ilegibles e inutilizables incluso si se interceptan. Las estadísticas oficiales sobre fraudes con tarjetas de pago, como las publicadas periódicamente por el Banco de Italia o el MEF, muestran que la incidencia de fraudes en pagos en tienda (Card Present) es muy baja. La gran mayoría de los fraudes ocurren “a distancia” (Card Not Present), típicamente online, a raíz de estafas como el phishing, donde es la propia víctima la que proporciona inconscientemente sus datos.
Cómo protegerse aún más: consejos prácticos
Aunque el riesgo de robo mediante datáfono es mínimo, adoptar buenos hábitos contribuye a una mayor tranquilidad. La primera regla es revisar regularmente el extracto de cuenta de tu tarjeta. Esto permite identificar rápidamente cualquier cargo no autorizado e impugnarlo a tiempo ante tu banco. En caso de transacciones sospechosas, es fundamental contactar de inmediato con la entidad de crédito para bloquear la tarjeta.
Otra herramienta muy potente son las notificaciones push. Casi todas las aplicaciones bancarias permiten activar avisos en tiempo real para cada transacción realizada. Recibir una notificación inmediata por un pago que no se ha autorizado permite actuar al instante. Para quienes desean un nivel de protección físico, existen en el mercado carteras con protección RFID o “tarjetas de bloqueo” especiales para insertar en la cartera, que bloquean la señal NFC e impiden cualquier comunicación no deseada. Por último, utilizar monederos en el smartphone o smartwatch ofrece una seguridad adicional, ya que cada pago, incluso por debajo de 50 euros, requiere la autenticación mediante huella dactilar, reconocimiento facial o PIN.
Conclusiones

En conclusión, el miedo a que alguien pueda robar nuestro dinero simplemente acercando un datáfono a nuestra tarjeta contactless, por muy comprensible que sea, choca con una sólida realidad hecha de barreras tecnológicas y de procedimiento. La combinación del corto alcance de la tecnología NFC, los límites de gasto, los controles antifraude, el cifrado y la tokenización hace que este tipo de robo sea una empresa difícil, arriesgada y, sobre todo, poco rentable para cualquier delincuente. La trazabilidad intrínseca de cada transacción realizada mediante un datáfono legal representa el elemento disuasorio definitivo, exponiendo al criminal a una identificación casi segura.
Las verdaderas amenazas en el mundo de los pagos digitales residen en otros lugares, principalmente en las estafas online como el phishing, que explotan la ingenuidad humana en lugar de las vulnerabilidades de la tecnología. Adoptar hábitos sencillos pero eficaces, como la activación de las notificaciones y el control periódico del extracto de cuenta, es más que suficiente para dormir tranquilos. La tecnología contactless es segura y representa un ejemplo perfecto de cómo la innovación puede simplificar nuestra vida cotidiana sin comprometer la protección de nuestros bienes. Podemos, por tanto, seguir usando nuestras tarjetas con confianza, disfrutando de la rapidez y la comodidad que ofrecen.
Preguntas frecuentes

Técnicamente es posible, pero es una eventualidad extremadamente rara y compleja. Un delincuente tendría que tener un datáfono activo, vinculado a una cuenta corriente rastreable, y acercarlo a pocos centímetros de tu tarjeta para iniciar la transacción. Obstáculos como el grosor de la cartera, la presencia de más tarjetas o fundas protectoras hacen la operación aún más difícil.
En Italia y en gran parte de Europa, el límite para una sola transacción contactless sin la introducción del código PIN está fijado en 50 euros. Para importes superiores, siempre se requiere la autenticación mediante PIN, bloqueando de hecho cobros más consistentes. Además, los bancos establecen límites acumulativos: después de un cierto número de pagos o una vez alcanzado un umbral total (ej. 150 euros), se solicita el PIN incluso para pequeñas sumas como medida de seguridad.
Existen soluciones sencillas y eficaces. Puedes utilizar carteras o fundas con protección RFID, que bloquean las ondas de radio impidiendo la comunicación entre la tarjeta y un lector TPV. También tener más tarjetas contactless superpuestas en el mismo compartimento puede crear interferencias e impedir una lectura correcta. Un hábito excelente es activar las notificaciones vía app o SMS para cada transacción y revisar periódicamente el extracto de cuenta.
Sí, los productos con protección RFID (Radio Frequency Identification) son eficaces. Funcionan creando una barrera con materiales específicos, generalmente metálicos, que impiden que el chip NFC de la tarjeta sea leído por dispositivos externos no autorizados. Comprar una cartera o una funda blindada es una medida de prevención válida y recomendada para aumentar la seguridad de las propias tarjetas.
Si notas una transacción sospechosa, lo primero que debes hacer es contactar inmediatamente con tu banco para bloquear la tarjeta y evitar más cargos. Posteriormente, desconoce la operación y presenta una denuncia ante las fuerzas del orden (Policía o Guardia Civil). Según la normativa, para las operaciones no autorizadas el banco está obligado a reembolsar el importe, a menos que demuestre una culpa grave por parte del cliente.

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